Economía

El milagro francés de Charles De Gaulle

Charles André Joseph Marie De Gaulle, nació en Lille el año 1890 y murió en  Colombey-les-Deux-Églises ( Francia ) el año 1970, fue un destacado militar y brillante político francés, líder de la «Francia libre» durante la Segunda Guerra Mundial y creador de la Quinta República. Nacido en una familia católica de clase media, siguió la carrera militar entre 1909 y 1912, combatió en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y luego fue destinado a auxiliar al ejército polaco en su guerra contra la Rusia soviética (1920). Hizo su carrera bajo la protección del general Philippe Pétain, que le promovió a cargos de responsabilidad, ascendió con lentitud, pues se hizo notar como un joven ambicioso e indisciplinado, que criticaba las directrices de la defensa nacional y publicaba pretenciosos tratados de estrategia y filosofía militar. Su gestión más trascedente como Presidente es haber sacado a Francia de su postración social, política y económica en los albores de la década del 70´ del siglo pasado para llegar a ser potencia mundial, por lo cual compartimos con usted un extracto de sus memorias donde nos comenta experiencias  dignas para aplicar en nuestra Argentina que de paso, si encuentra algunas coincidencias ..… son pura casualidad (como se suele decir siempre):

Mèmoires d’Espoir, Plon 1971.

Apenas instalado, el Ministro de Economía Antoine Pinay trazó el cuadro real de la situación: Francia estaba al borde del desastre. El presupuesto presentaba un descubierto insoportable (l’impasse). Teníamos exceso de empleados públicos mientras que en las empresas privadas aumentaba la desocupación. Nuestra deuda pública era enorme y habíamos incumplido compromisos sujetos a sentencias judiciales externas. Las exportaciones no alcanzaban siquiera las tres cuartas partes de las importaciones. Las reservas del Banco de Francia cubrían sólo 5 semanas de importaciones. Por desconfianza de los inversores no teníamos crédito internacional alguno. Tuvimos que implorar ayuda a ciertos países amigos para poder mantener el comercio exterior. La actividad económica estaba próxima al derrumbe porque debíamos imponer un cepo a las compras o viajes al exterior y no podíamos importar insumos. Los compromisos de ventas internacionales no pudieron sostenerse porque nuestros productos no tenían precios competitivos. Tuvimos que incumplir los pactos firmados con el Mercado Común Europeo que imponían una reducción de las tarifas aduaneras. La única alternativa que nos quedaba era “el milagro ….. o la quiebra de Francia”. En todos lados aparecía siempre la misma circunstancia de mezquindad política y falta de espíritu de grandeza. Francia no puede ser Francia sin la “grandeur” en sus gobernantes, pero es esencial que la “grandeur” de su gloria esté acompañada por la humildad y sensatez en sus conductas.

En primer lugar era necesario esperar un cambio psicológico. En nuestra larga serie de fracasos e improvisaciones, especialmente con el lanzamiento de empréstitos y aumentos de impuestos, la opinión pública estaba fastidiada esperando el retorno de la sensatez y una gestión pública razonable. Por eso el gobierno tuvo que elaborar un Plan integral de reformas y de ninguna manera un ajuste superficial en las cuentas públicas mediante la devaluación. Las decisiones que tuve que tomar superaban el horizonte normal de una administración común y corriente. Teníamos que hacer muchísimo más. Por eso nombré una comisión de ministros sin cartera, integrada por nueve personalidades altamente competentes, salidas de la Inspección de Finanzas, del Consejo de Estado, de las Universidades públicas y privadas, de los Profesionales expertos en contabilidad, de la Banca y de la Industria para que me brinden un Informe sobre el problema financiero francés. Dicho problema estaba provocado por un exceso de gasto público que generaba déficit de presupuesto y requería la emisión de moneda espuria para financiarlo. Así se creaba inflación y se impedía la apertura al comercio internacional porque habíamos dejado de ser competitivos. Al frente de ese comité coloqué a Jacques Rueff, un teórico consumado y al mismo tiempo un hombre capaz de concebir ideas prácticas, realizables de inmediato.

En segundo lugar, el Informe consistió en recomendarme varias cosas. Que no insistiera en sacrificios estériles que sirven sólo como bocanada de aire fresco para continuar por el camino de la decadencia. Que dejara de lado los artificios cambiarios y contables que sólo servirían para salvar a un Estado corrupto, obeso y gastador sin medida. Que Francia vuelva a contar con el crédito internacional. Que sean eliminadas todas las barreras que impiden la expansión de las potencialidades individuales de los franceses creativos. Que volvamos a ser comparables con los grandes países modernos.

Lo primero de todo es detener efectivamente la inflación porque ella es una peligrosa droga que por sus fases alternativas de agitación, euforia y desilusión lleva a la sociedad francesa a la muerte.

Lo segundo son decisiones referidas a la moneda cuya meta es que deba competir con otras monedas extranjeras en forma libre y sin intervención del Estado para recuperar la estabilidad en su capacidad adquisitiva que tenía el franco de oro de Napoleón. Necesitamos una moneda que impida el aumento constante de precios, salarios y tarifas y que ello pueda ser debidamente medido con indicadores confiables. Por eso nuestra moneda tendrá que ser libremente intercambiable por cualquier ciudadano con otras divisas, sin ninguna restricción ordenada por el gobierno.

Lo tercero es la apertura a los intercambios mundiales para sacar a Francia del vetusto proteccionismo que la mantiene siempre encerrada y en condiciones de mediocridad absoluta, con costos que la convierten en un paria del comercio mundial. La competencia internacional con una moneda estable, sin inflación y a un tipo de cambio libremente establecido, permitirá eliminar la mediocridad a que las barreras aduaneras nos han condenado en el concierto mundial. Por el contrario, la competencia hará resurgir nuestra industria, nuestra agricultura y nuestro comercio porque les hará sentir los peligros y el aguijón. En la lucha internacional la economía francesa modernizará sus equipos, recuperará su espíritu emprendedor, mejorará sus métodos según las exigencias de productividad y hará de la expansión la clave de su éxito en los próximos meses.

Lo cuarto es considerar que el último episodio de un Plan de Saneamiento Fiscal sea una devaluación residual equivalente a una operación quirúrgica, pero sólo si fuese realizada cuando estuviésemos dispuestos a cegar todas las fuentes del desequilibrio inflacionario y nunca para que esa inflación vuelva a reaparecer al día siguiente de producida. 

Frente a este panorama, muchos funcionarios y aliados políticos me han pedido que anule o demore algunas medidas, comunicándome sus reservas y temores. Los viejos partidos políticos, responsables durante medio siglo de la decadencia de Francia no podían evidentemente aprobar el accionar de una 5ª  República construida contra sus intereses, sobre todo cuando nuestras medidas levantan ciertos descontentos populares que para ellos son sólo oportunidades para hacer politiquería. En cuanto a las organizaciones sindicales en manos monopólicas, ellos no existen más que para formular y sostener reivindicaciones y empoderamiento de sus caciques. Entonces no podría esperarse que cooperen con el poder en algo constructivo si eso se opone a sus mandatos. Sin embargo, a los seis meses de adoptado el Plan de Saneamiento Fiscal, los precios bajaron, la oferta de nuevos puestos de trabajo aumentó considerablemente, las exportaciones agrícolas e industriales se recuperaron en forma milagrosa, la actividad bursátil mejoró sustancialmente, la vida económica se reactivó con inversiones que se duplicaron en menos de un año y nunca fue necesario impedir que la gente ahorre en la moneda que hayan elegido para cuidar su patrimonio. Porque el franco mantuvo una capacidad adquisitiva inalterable. Una Francia nueva retomó el curso de la Historia. Para que ella encuentre una base sólida sobre la cual podamos construir nuestro poderío nacional, nosotros debimos poner en orden el Estado, administrar con suma austeridad el dinero público, eliminar toda fuente de despilfarro y derroche, restablecer ampliamente el control y la disciplina en las finanzas públicas, la moneda nacional y la administración del presupuesto. Esto es lo que hicimos ante el asombro del mundo entero.

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