Ciencia y Economia

Efectos no deseados del control de la natalidad

Por el Dr. ORLANDO NAVARRO

La planificación familiar, referida a la cantidad de hijos “ideal” para cada pareja, debería ser una cuestión reservada al ámbito de la familia. Es un principio básico de la libertad de cada hombre y mujer que deciden unirse y, si lo desean, procrear.

Esto sería lo ideal. Pero no es así. A partir de las teorías de Thomas Robert Malthus, que predecían el colapso de la humanidad, si se continuaba con los índices de crecimiento poblacional de fines del siglo IXX, paulatinamente se hizo foco en el control de los nacimientos.  

Malthus alertaba el peligro de la falta de alimentos, frente a la mayor cantidad de bocas necesitadas del vital suministro. Los defensores de la ideología de género, encontraron fundamento para influir en las políticas del control artificial de la natalidad. Causando, entre otros, el devenir de la legalización del aborto, de la eutanasia, y de la extirpación del aparato reproductor tanto en la mujer como el hombre. El “informe Kissinger” (ex Secretario de Estado de los Estados Unidos), le dio también un a sesgo político a esta cuestión.

En el documento, se indicaba que “los intereses económicos de este país  exigen el control demográfico de los países menos desarrollados. El temor a un agotamiento de las materias primas, a causa del crecimiento poblacional descontrolado, es una de las razones de ese control”. Por otra parte,  buscaba imponer una forma de pensar, de ver la vida y de dirigir a un pueblo, por aquellas naciones más poderosas. Una desmesura total.

Como se ve, todo un esquema conducente a que cada vez haya menos nacimientos. Por caso, Argentina vive el descenso más pronunciado de nacimientos en su historia con 34% menos entre 2014 y 2020, lo que significó en promedio 250.000 nacimientos menos cada año, explicado en gran parte porque hay un 55% menos de embarazos adolescentes.

Por lo que ciertos especialistas hablan de que se está ante “la oportunidad de maximizar los recursos y así aplicar políticas redistributivas”. En el informe “Odisea demográfica, tendencia en Argentina para el diseño del bienestar social”, elaborado por Cippec (Centro de Implementación de políticas públicas para la Equidad y el Crecimiento), se mostró cómo a partir de 2014 los niveles de fecundidad comenzó a disminuir «abrupta y significativamente» como nunca en la historia, dijo entusiasmado Rafael Rofman, demógrafo y economista. Precisó que la cantidad de niños nacidos por persona gestante está hoy «entre los más bajas de Latinoamérica» y ejemplificó que «en 1950 la tasa era de 3,3 niños por mujer;  mientras que desde 2015 empezó a bajar cada vez más rápido y en 2020 estamos en 1,55».  

«Es una buena noticia, dijo, porque genera condiciones a nivel macro para una dinámica de desarrollo económico distinta, los países más exitosos son los que tienen menos hijos, porque esto permite que haya más mujeres aportando a la economía de un país”.

Aparte del carácter absolutamente intervencionista de todo este andamiaje teórico y legal, que de paso va contra los mismos principios de  los sostenedores de la ideología de género, según los cuales nadie debe meterse en la intimidad de la cama de una pareja, la realidad mundial ha demostrado la ineficacia de los controles de natalidad, así como la falsedad de la supuesta relación entre cantidad de alimentos y pobreza.

El caso de China es paradigmático. Prohibió tener más de un hijo durante muchos años, sobre todo desde Mao en adelante y hoy sufre las consecuencias de tener una población envejecida, con una dispar relación entre población activa y no activa. Esto lleva al colapso, inevitable, de los sistemas previsionales, al aumentar la cantidad de beneficiarios y disminuir los aportantes.

Otro tanto se viene registrando desde hace tiempo en Europa, que está alentando a jóvenes de otros países a que ocupen, gratuitamente, casas y terrenos  en poblaciones desiertas. Además, no es cierto que a mayor población, más pobreza. Taiwán, Hong Kong, la isla de Manhattan, son algunos ejemplos de  todo lo contrario.

En el caso de Argentina, el incremento de la pobreza no se debe a otra cosa más que a políticas públicas desacertadas y contaminadas por la corrupción. Aquí se producen alimentos para centenares de millones de habitantes, nuestras reservas de agua están en la mira de otras potencias, así como el extenso territorio aún despoblado que tenemos.

Y eso es lo que debemos cuidar. “Gobernar es poblar” decía Alberdi y fue necesario abrir los brazos a la inmigración para que Argentina hallase su identidad como nación. Los gobiernos deben concentrarse en administrar bien y dejar el control de los nacimientos al libre albedrío de sus habitantes, que una vez logrado un ambiente de desarrollo e igualdad de oportunidades, sabrán qué dimensión darle a sus familias. Los resultados de la inmediatez no debe obnubilar la visión, cuyo horizonte debe ser el largo plazo.

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